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El día que perdí a mi madre supe que en realidad nunca había llorado por amor 

Un brindis por todos aquellos que nos sonríen desde las estrellas. Perder a una madre es tener la valentía de seguir andando con un dolor imborrable. En realidad, nunca había llorado por amor. 

Por Karen Villaseñor

- 21 de Octubre de 2021 - 08:30 hs

El día que perdí a mi madre supe que en realidad nunca había llorado por amor  (Foto Pixabay)

Hay tragos tan amargos, que se siente cómo te rasgan la garganta. Tragos que te recuerdan que la vida no avisa, que cuando menos piensas ya te sacudió hasta hacerte mil grietas. Esto es así, pero nadie está preparado para despedirse de un gran corazón. El día que perdí a mi madre supe que en realidad nunca había llorado por amor. 

Sí, fui bastante ilusa al creer que aquella vez que sentí que el mundo se me hacía pedazos, no lo iba a lograr. No tenía idea de lo que era realmente sentir que te arrancaran una parte del alma. Creí que llorarle a una pareja era de las cosas más duras que cualquiera pudiera imaginar. Qué inocencia la mía. 

El día que perdí a mi madre… 

No sabía que se podía llorar diez veces más, no sabía que se podían secar las lágrimas, no sabía que había heridas que nunca se curan. No sabía que después de despedirme de mi madre, quedaría tan rota, tan desilusionada. No, yo no había llorado por amor, porque no es lo mismo terminar una relación, que entender que jamás volverás a ver a esa persona. 

Y es que me confíe, creí que su compañía iba a estar siempre. En mi mundo perfecto ella no faltaría, pero se marchó de un momento a otro y todo se apagó. Pronto dejó una huella imborrable, de esas que al recordar se te mojan los ojos y lo único que quieres es regresar el tiempo. 

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El día que perdí a mi madre, entendí que también se fue una parte de mí. Ahí se marchó un pedazo de mis sueños, de mis tristezas, de mis miedos. Cuando sentí ese vacío me di cuenta que el dolor me estaba nublando, que parecía estar y no estar, al mismo tiempo. Quería que fuera una pesadilla y no podía escuchar lo de a mi alrededor. 

Se marchó...

El día que perdí a mi madre supe que en realidad nunca había llorado por amor- Foto Pixabay 

¿Cómo le iba a hacer? Ahora, al llegar a su casa su silla favorita estaría vacía. La taza de su café a medio llenar, muy cerca de la ventana. Ese montón de prendas en su ropero, que al moverlas desprenden su aroma. ¿Cómo le iba a hacer? Si cada rincón que me recordaría a ella. 

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El día que perdí a mi madre, me di cuenta que tenía que aprender a vivir con esa falta en lo más profundo de mi ser. Porque aunque me alejé de sus cosas personales, todo me recuerda a ella. Es imposible no mirar al cielo y no pensarla. El sol, la Luna, el mar, la manera en que silba el viento, las plantas, las estrellas, la temperatura del agua. 

Entonces entendí que sigue aquí, que su cuerpo se marchó, pero su calor lo llevo en el corazón. Entendí que basta hablarle desde la bondad para que me escuche. Entendí que aunque ya no recibo una de sus llamadas, me está tomando fuerte de la mano en cada paso y así fue como dejé que su cuerpo descansara. Y sí, a veces, me enojo, pero sé que está mejor. 

Así que si aún tienes a la tuya, si aún te llama, no la ignores. Que no se te pase decirle un “Te quiero mamá”. Porque tal vez mañana sea muy tarde. 

Y bien, ¿estás viviendo algo similar?

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Karen Villaseñor

Comunicóloga, amante de la fotografía, periodista y madre. Disfruto ponerme en el lugar del lector. Es encantador transmitir un mensaje que haga un cambio en la vida de todos aquellos que dan un click en el artículo.

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